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“¿Porqué, porqué?" Es la única palabra que logro pronunciar cuando, al final de un día que comienza a las seis de la mañana y termina a media noche, miro “la habitación de los collares”, con el piso cubierto de pedacitos de cuerda, las perlas por tierra sin recoger por no perder tiempo útil a las encomiendas, la mesa cubierta de ceniceros llenos de cigarrillos, tazas de café y de botellas mineral borrachas de los clientes, de las amigas de a rato que crean junto a mí, la cama enterrada de montones de perlas por separar – y me viene de preguntarme“¿pero aquí una vez no dormía una alma bendecida, mi hija? ” – y otra vez “¿Porque, a 57 años, he tirado adentro de pies este enredo?”

¡Porque soy de la Valle Camonica! Y he trabajado toda la vida cerca de una gran agencia. Después, finalmente, me he pensionado. Y estoy satisfecha, después de anos del trabajo, horarios que respetar, tiempo precioso dedicado a una empresa, he logrado mi anhelada meta, el “reposo del guerrero”, la PENSIÓN… ¡pero me aburre!
¡Sé solo trabajar, me gusta, lo he hecho toda la vida!
Por lo tanto he escogido al vuelo (para mover las manos) la ocasión para fijar un collar que mi hija me había regalado para la pensión.
¿No sólo han tenido éxito pero usted me cree eso que a partir de ese momento ha llegado el delirium? La llaman “collaritis aguda”, piensan que soy enferma pero en realidad es hermoso hacer los collares…

La primera vez que entre’ en un vendedor al por mayor de perlas perdí la cabeza, habría querido zambullirme en medios como tío rico Mcpato entre sus monedas. He cogido a manadas las bolsitas y he comenzado a llenarlos convulsamente, con una euforia que no se acababa ni siquiera en el momento que me presentaron la cuenta.
En la habitación de los collares, como amamos llamarla nosotras que la vivimos, todos los días es un gran día, para hacer y deshacer, para crear, para hablar, para reír y por que’ no también para llorar, para contar historias, para confrontarnos, para crecer, como solo las mujeres, cuando se encuentran entre ellas, saben hacer.

Y entonces, mi enfermedad se ha catalogado lentamente como altamente infecciosa: a la puerta de mi casa se han presentado cantidades de amigas suplicando por un collar, para si misma, para la amiga que cumplía años, para encariñarse la suegra. No les digo de los hombres: una para la mama’, cinco para agradecer las colegas, tres para convencer la amante de que es el momento de acabar.
Mejor dicho, estos collares gustan y no se’ como es eso…
¡Tuve que darles un nombre, una dignidad!
Lo hemos pensado mucho, mi familia y yo, hemos sido todos implicados en esto, como hemos siempre hecho en nuestra vida, riendo y viviendo, con esa simplicidad que nos ha dado siempre la fuerza.
Y entonces… i balutì, en …: las piedras de Giulia.